8 aprendizajes sobre desarrollo rural sostenible tras 16 años trabajando con territorios rurales

Lo que he aprendido en 16 años trabajando con territorios rurales (I)

Ocho aprendizajes que han cambiado mi forma de entender el desarrollo rural

Cuando empecé a trabajar con territorios rurales, en 2010, pensaba que los grandes retos estaban relacionados con la promoción, el marketing y la creación de productos turísticos.

Creía que, si un territorio tenía buenos recursos y sabía comunicarlos, buena parte del camino estaba hecho.

Hoy sé que no es así.

Durante estos años he trabajado con administraciones públicas, asociaciones empresariales, emprendedores, productores locales, técnicos, alcaldes y vecinos. He acompañado a territorios de España, Portugal y Latinoamérica, algunos muy pequeños y otros de mayor dimensión.

He visto proyectos con grandes presupuestos quedarse por el camino.

Y también he visto iniciativas muy modestas convertirse en auténticos motores de transformación.

Trabajar sobre el terreno me ha enseñado cosas que no aparecen en los manuales.

Estas son ocho de las más importantes.

  1. Las personas siempre van antes que los proyectos

Podemos tener una buena estrategia, financiación suficiente y un equipo técnico excelente.

Pero, si las personas del territorio no comprenden el proyecto, no participan o no lo sienten como propio, será muy difícil que tenga continuidad.

Los territorios no son mapas.

No son inventarios de recursos.

No son únicamente paisajes, monumentos o infraestructuras.

Los territorios son las personas que viven en ellos.

Por eso, antes de diseñar cualquier proyecto, hay que escuchar. Escuchar mucho y escuchar bien.

A quienes emprenden.

A quienes trabajan la tierra.

A quienes gestionan un alojamiento o un restaurante.

A quienes participan en una asociación.

A quienes llevan toda su vida en el pueblo y también a quienes acaban de llegar.

Las personas no deben aparecer al final de un proyecto para validar una decisión ya tomada.

Deben estar presentes desde el principio.

Cuando esto sucede, el proyecto deja de pertenecer a una administración, a una consultora o a una asociación concreta.

Empieza a pertenecer al territorio.

  1. La identidad no se inventa; se descubre

Cada territorio tiene una personalidad propia.

El problema es que, en ocasiones, no sabe reconocerla.

Durante años hemos visto destinos rurales tratando de copiar lo que funcionaba en otros lugares.

Las mismas rutas.

Los mismos festivales.

Los mismos eslóganes.

Las mismas experiencias.

Pero la identidad no se puede fabricar desde un despacho ni construir copiando modelos ajenos.

Hay que descubrirla.

A veces está en un paisaje.

Otras veces, en un oficio, una historia, una tradición, un producto o una forma particular de relacionarse con el entorno.

Y muchas veces está en algo tan cotidiano para la población local que ya nadie considera extraordinario.

Nuestro trabajo consiste en ayudar al territorio a mirarse con otros ojos.

A reconocer lo que lo hace diferente.

A valorar aquello que siempre ha estado allí.

Y, sobre todo, a construir una propuesta en la que sus habitantes se sientan reconocidos.

Porque una identidad puede ser visualmente brillante y, sin embargo, no representar a nadie.

Cuando un territorio se reconoce en su propio relato, ocurre algo muy poderoso: sus habitantes se convierten en sus mejores embajadores.

  1. Sin gobernanza compartida no hay transformación

He repetido muchas veces la palabra gobernanza durante estos años.

No porque esté de moda.

La repito porque he comprobado que ningún proyecto territorial puede sostenerse si cada actor trabaja por su cuenta.

La administración pública no puede hacerlo todo.

Las empresas tampoco.

Ni las asociaciones.

Ni los emprendedores.

Cada uno tiene una función diferente y todos son necesarios.

La administración aporta visión, coordinación y capacidad para ordenar recursos.

Las empresas aportan conocimiento del mercado, agilidad y capacidad de ejecución.

Las asociaciones conectan personas, intereses y necesidades.

Los vecinos aportan memoria, legitimidad y conocimiento del territorio.

Gobernanza no significa convocar reuniones.

Significa compartir decisiones, responsabilidades, riesgos y objetivos.

Significa crear una estructura estable que permita que el proyecto continúe aunque cambien las personas, los gobiernos o las circunstancias.

Los territorios que aprenden a colaborar avanzan más despacio al principio, pero llegan mucho más lejos.

  1. La excelencia no es un lujo. Es una obligación

Existe una idea que siempre me ha incomodado: pensar que en el mundo rural cualquier proyecto es suficiente.

Como si, por desarrollarse en un pequeño municipio, pudiera tener menos calidad.

Como si los pueblos tuvieran que conformarse con soluciones improvisadas, diseños mediocres o propuestas hechas para salir del paso.

Yo pienso exactamente lo contrario.

El mundo rural custodia algunos de nuestros paisajes más valiosos, una parte esencial de nuestra cultura y formas de vida que merecen ser protegidas.

No se merece menos.

Se merece proyectos bien pensados.

Profesionales excelentes.

Una identidad gráfica cuidada.

Experiencias de calidad.

Una comunicación a la altura de lo que representa.

La excelencia no depende siempre de disponer de más presupuesto.

Depende de la actitud.

De cuidar cada detalle.

De no conformarse con la primera solución.

De preguntarse si aquello que estamos creando representa verdaderamente al territorio.

La calidad también es una forma de respeto.

Y será precisamente el tema del siguiente artículo de este Cuaderno de Campo.

  1. Los recursos existen; lo difícil es conectarlos

Cuando llego a un territorio, es habitual escuchar una frase:

“Aquí no tenemos nada”.

Y casi nunca es verdad.

Puede haber un paisaje valioso, productores, patrimonio, gastronomía, tradiciones, alojamientos, pequeñas empresas, artesanos, conocimiento local y personas con ideas.

El problema no suele ser la falta de recursos.

El problema es que están dispersos.

No se conocen entre sí.

No trabajan juntos.

No forman parte de una visión compartida.

Un recurso aislado puede tener interés.

Pero varios recursos conectados pueden convertirse en una experiencia, un producto turístico o una nueva oportunidad económica.

Esa es una de las claves del desarrollo rural: conectar lo que ya existe.

Conectar al productor con el restaurante.

Al alojamiento con la actividad.

Al patrimonio con el relato.

A la administración con las empresas.

Al visitante con la comunidad.

El valor no aparece únicamente al crear algo nuevo.

Muchas veces aparece cuando aprendemos a relacionar mejor lo que el territorio ya tiene.

  1. El turismo nunca debe ser el objetivo. Debe ser la consecuencia

Esta idea ha cambiado profundamente mi manera de trabajar.

Durante mucho tiempo, los proyectos turísticos se diseñaron con un objetivo principal: atraer visitantes.

Cuantos más, mejor.

Pero un territorio no debería organizar su futuro alrededor de la llegada de turistas.

Debería organizarlo alrededor de las necesidades y aspiraciones de las personas que viven allí.

El turismo puede ayudar a conservar un oficio.

Puede generar ingresos para una pequeña empresa.

Puede dar visibilidad a un productor.

Puede favorecer la recuperación de un patrimonio.

Puede ofrecer oportunidades a jóvenes y mujeres.

Puede fortalecer la autoestima de una comunidad.

Pero el turismo es una herramienta.

No debe convertirse en el fin último.

Primero construimos un territorio vivo, cuidado, organizado y con oportunidades.

Después, como consecuencia, puede llegar un turismo respetuoso, sostenible y coherente con su identidad.

Esta es una de las ideas fundamentales del Modelo de Turismo Generativo.

No trabajamos para convertir el territorio en un escenario turístico.

Trabajamos para fortalecerlo.

Y, si ese proceso está bien hecho, el turismo aparece de una forma natural.

  1. No hacen falta más turistas; hacen falta más oportunidades

Durante décadas hemos medido el éxito de los destinos contando visitantes.

Pero recibir más personas no significa necesariamente generar más desarrollo.

Un territorio puede aumentar sus cifras turísticas y, al mismo tiempo, perder comercio local, población, servicios o calidad de vida.

La pregunta importante no es cuántas personas llegan.

La pregunta es qué dejan en el territorio.

¿Compran productos locales?

¿Contratan servicios de empresas de la zona?

¿Contribuyen a mantener empleo?

¿Respetan el modo de vida rural?

¿Visitan el territorio fuera de la temporada alta?

¿Generan oportunidades para quienes viven allí?

El turismo rural sostenible no consiste en llenar los pueblos.

Consiste en crear una actividad equilibrada que aporte valor económico, social y cultural.

No necesitamos visitantes a cualquier precio.

Necesitamos un turismo que ayude a mantener abiertos negocios, conservar patrimonio, diversificar la economía y mejorar la vida de la comunidad.

El verdadero indicador de éxito no es el volumen.

Es el impacto positivo.

  1. El mayor patrimonio de un territorio es la gente que decide quedarse

Los paisajes son importantes.

El patrimonio también.

La gastronomía, las tradiciones y los recursos naturales forman parte de la riqueza rural.

Pero nada de eso se mantiene sin personas.

Sin alguien que abra cada mañana un negocio.

Sin quien siga cuidando el ganado.

Sin quien cultive la tierra.

Sin quien organice una actividad cultural.

Sin quien decida emprender.

Sin quien regrese.

Sin quien llegue de fuera y encuentre un lugar donde construir su vida.

Cada persona que decide quedarse en un territorio rural está contribuyendo a sostenerlo.

Y cada persona que tiene que marcharse por falta de oportunidades supone una pérdida mucho mayor que una cifra en las estadísticas de población.

Por eso, el desarrollo rural no debería medirse únicamente en inversiones, infraestructuras o visitantes.

También debería medirse en vidas que pueden construirse en el territorio.

En jóvenes que encuentran un futuro.

En mujeres que pueden emprender.

En negocios que encuentran relevo.

En familias que pueden quedarse.

El mayor patrimonio del mundo rural no es lo que podemos fotografiar.

Es la comunidad que lo mantiene vivo.

Una forma diferente de entender el desarrollo rural

Después de todos estos años, sigo aprendiendo.

Cada territorio me plantea nuevas preguntas.

Cada proyecto me obliga a revisar certezas.

Cada comunidad me enseña una manera distinta de comprender el mundo rural.

Pero hay algo que tengo cada vez más claro.

El desarrollo rural no consiste en llevar soluciones cerradas a los pueblos.

Consiste en ayudar a que cada territorio descubra sus propias capacidades, conecte sus recursos y construya una visión compartida de futuro.

El turismo puede formar parte de ese proceso.

Puede ser una herramienta extraordinaria para generar actividad económica, reforzar la identidad y crear nuevas oportunidades.

Pero solo cuando se desarrolla desde la sostenibilidad, la comunidad, la calidad y el respeto al modo de vida rural.

Ese es el sentido del Turismo Generativo.

No llenar los territorios de visitantes.

Sino contribuir a que sigan llenos de vida.

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